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miércoles, 26 de junio de 2013

Abismal


Nadie comprende el sueño perturbador que sueña el otro. Nadie consuela. Nadie jamás se lo plantea sino a la distancia, cuando el sueño ya es apenas un eco imperceptible, una cicatriz.
Quien sueña el sueño, por otra parte, no puede contarlo en el abismo de la noche. Es como si la garganta estuviese rodeada de estacas puntiagudas, que al menor movimiento la atraviesan. O la boca la boca, sellada a plomo.
La pesadilla nunca termina al abrir los ojos. Es insistente. Trasciende incluso la mirada y se apodera de otras  regiones del cuerpo, de otros sentidos. La parálisis, la acritud, lo borroso, el hormigueo anestésico de alguna extremidad, el desconsuelo en el pecho.
El cuerpo aísla el estrépito del sueño, por eso quien duerme a nuestro lado no repara, apenas se mosquea, gira y sigue durmiendo, con la sensación, quizás, de que un pájaro ha graznado de modo insólito, o quién sabe sino arrastrado por la turbación de su propio sueño, mientras aguarda un brazo que lo rodee y le de sosiego.

martes, 11 de diciembre de 2012

Muerte (VII)



Cuánto duerme la gente y cree estar viva mientras muere dormida. o duerme "morida". Así dicen los niños,  porque una persona dormida es también muerta, “morida”.
Cuánto malestar se ahorra en el sueño, tan descansado, nada se arriesga ni se pierde, apenas horas de abrumadora vigilia. Ya se dice en los libros que no mata la bala ni hiere el amor. Relajada es la vida del sueño. Además se dice en las mismas páginas que los muertos no quieren volver. Y con razón.
Si el sueño fuese un anticipo de la muerte, eso parece, un simulacro, porque los movimientos del dormido no están coordinados sino que parecen fruto de la energía soñadora, coherentemente, nadie querría volver. Porque ni siquiera en pesadillas uno sufre tanto, y en los amorosos trances todo es un poco utópico y perfecto. No hay la guerra cotidiana ni la injuria, el gratuito improperio. Es tan dulce el adulterio y la mentira. Fascina el sueño erótico, el orgasmo en volutas. Después, la voluntad y el interés lo degradan.
Es verdad que a veces un manjar se queda en el límite de los labios, una croqueta no llega a morderse, pero igualmente no se sufre el hambre. Y por eso tampoco el desamor, ni la muerte. Transcurre el sueño de una forma distendida. No hay condena divina. No hay chirriar de dientes. La muerte sin más.
Quién no quiere regresar al sueño donde se es un poco héroe. Y volviendo, quién querrá regresar a la vida, donde siempre todo está perdido y nada se tiene.

martes, 10 de abril de 2012

SUEÑO CON SOMBRAS

Caspar David Fiedrich





Si supieras mirar a los ojos al viento, podrías leer mi presencia de días anteriores en la tempestad que amaina sobre tu piel. No pido tanto. Si bien me gustaría que alguna vez acunases sobre tu lengua mi nombre. Una por una sus letras encriptadas en tu saliva. Hay una caricia deslizándose hacia ti en el envés de cada uno de mis gestos. Pero eso no basta y hace tiempo envié mi sombra en peregrinaje hacia tu cuerpo. Pocos saben del valor de la sombra, fruto de la cópula entre el ser y la luz. Floración del sol en el tallo del hombre. Tal y como te digo envié mi sombra. La plegué como un barquito para que transitara un océano de olvido. Con un suspiro de amor henchí sus velas escuálidas. La acompañé con mi mirada hasta la línea tibia del horizonte, y luego envié bandadas de poemas para que me trajesen nuevas de ella. Pero mis poemas cayeron en el pico de una gaviota. Y se agitaron hasta la muerte del mismo modo que el pez. Plateados y agónicos. Ignorante de su destino sueño con fundirme con mi sombra que te busca por las calles. Ahora soy yo la que habita su vientre. Umbilicalmente me alimenta de luz. Esa sombra en la que me oculto llega hasta ti mientras tú lees bajo un árbol. Te ovillas en ella, refugiándote del calor del verano. Sin que lo sepas mi sombra y tú os acariciáis voluptuosamente. Desde su entraña te escucho rezongar como a un gato. Quiero salir. Aparecerme ante ti parida por una sombra. Que me pienses delirio hecho carne. Pero no poseo el filo que pueda desgarrar su vientre. Por lo que me conformo con que acunes sobre tu lengua mi nombre. Mientras descansas en los brazos de la sombra de ese árbol, ignorante de la mujer que anidó en ella.

sábado, 7 de enero de 2012

Del caos


Soñé con mis enemigos acosándome a espada y veneno. El espanto de la muerte violenta sudándome en la nuca.
Soñé con los que se retiran a la sombra y aún peor, los que se exilian en el atormentador silencio de la tumba. Una sucesión de rasgos reconocibles, otros borrosos.
Soñé con las mujeres que amé. Mil caras como el héroe. Las vi sentadas, ordenadamente, en un salón muy iluminado donde se baila el vals. Hablaban sobre mí y mis defectos. Otras cosas se dirán frente a mi cadáver, todo será falso halago y lisonja.
Soñé con un discurso sobre la muerte, el influjo de Marías: “El que muere siempre lleva la ventaja de ser el que deambula en lo oscuro, siempre latente su regreso, de alguna forma monstruosa, fantasmal, etérea. Volver a obrar, quién sabe qué horror sobre los vivos que algo le deben o lo calumniaron o lo sometieron a tormento físico.”
Soñé con la desgracia y la risa y el llanto, todo difuso en nubes de humo cabareteras. Nadie sabe qué es lo que se impone, si el irremediable dolor o el fugaz goce. Los infinitos senderos del goce se colaron en la realidad, y retumbaron largamente.

Imagen: Raymond Voinquel

viernes, 16 de septiembre de 2011

Tango


Una línea de amargura me atravesó, de cabo a rabo, hasta las uñas y hasta el suspiro. Las imágenes, atropellándose unas contra otras. El extrañamiento. Nada estalló, apenas un suave estupor, indescifrable, al principio. Un estupor forjando laberintos adentro, senderos confusos yendo y viniendo.
Pero un escalofrío en los dientes, doloroso, irrumpió, insistió en una parálisis de incomprensión. Implacable en el látigo sutil que escarba en la materia y urde metástasis, lentamente, fogoneado por la mano de la incertidumbre, hasta dejar bien sentado el vacío insondable.

Imagen: Jason Shawn Alexander

jueves, 30 de diciembre de 2010

Impotencia


"Nadie tiene la culpa. Ni la tienes tú ni la tiene ella. Me atrevería a decir que la culpa es del mundo, por estar hecho de esta manera. Pero el mundo no se puede cambiar. Sería lo mismo que tratar de invertir el curso de un río."

Haruki Murakami

Sueño con una mujer que clama por mí, en la otra orilla, en la otra tierra, en el otro mundo. Detrás de las montañas, después de los mares, más allá de las estrellas.
Los bucles negros le caen dóciles sobre los hombros blancos, le recorren dulce y onduladamente la espalda. La sonrisa está en sus ojos. Su boca es el centro del sueño. Clama por mí, su boca es la que clama y yo no puedo llegar hasta ella, porque vivo atado a un muro.
Literalmente, sueño con la mujer que clama por mí. Que alza sus brazos como una devota desesperada. Yo sería su esclavo, ciego. Pero ella no lo sabe, sólo yo la escucho. Ella no puede verme, ni escucharme, no puede intuir lo que siento.
La mujer que se desgarra detrás de la ventana neblinosa, detrás de la puerta clausurada, debajo del techo negro. Grita, su grito puede ser una caricia, pero es una astilla en mi garganta. Quizá, ella misma sea el muro.
Nada se pierde con estar vivo. Desde otra patria una voz repite "o soño os quite o sono"...

Imagen: Egon Schiele

jueves, 11 de noviembre de 2010

Fragmentos


Sueño con fragmentos y fragmentos son mis sueños. Fragmentos de luz que se cuelan por mis ojos y me bañan en oleadas fugaces. Fragmentos de espejos que me devuelven fragmentos de mi.
Sueño con fragmentos de dolor, inubicables. Todos los dolores de la historia fragmentados, haciendo de mi, un océano de islas en pena.
Fragmentos de color que despejan la niebla negra de la noche. Fragmentos de agua que apagan el calor del infierno cotidiano.
Sueño con fragmentos de cristal incrustándose en mi pecho y en mi espalda, pero no siento el dolor. Fragmentos de amor, que fragmentado, ya no es amor, sino un hilo quebradizo de recuerdo amargo.
Fragmentos de tiempo. Fragmentos de sonrisa. Fragmentos de llanto. Fragmentos de lo que puede ser y en tanto pueda ser, nunca será.
Sueño con fragmentos de un puñal y besos fragmentados, sin sabor ni sentido. Fragmentos de una chica que no son sino, mi propia visión del mundo. Soy yo, roto, que no tengo otra forma de contemplar más que en fragmentos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Distancias (III)


Mi cuerpo es un bote, una tosca madera que flota a la deriva, mis brazos son los remos, que vanamente luchan contra el viento. El viento es mi enemigo declarado, siempre lo fue, todos mis enemigos conjurados.
Mis ojos, huecos sin fin, infructuosos, que nada pueden inferir de la infinita sombra que me cubre. Todo lo presiento, ando a tientas. La sombra es lo que existe, lo que resiste en la luz es el mero recuerdo, revolviéndose como un endemoniado. Atado. Un manojo de imágenes, en los bordes imprecisos, que giran a la velocidad de la luz, lo que fue luz.
Siento el agua debajo de mi-yo-bote-madera, siento la madera que chapotea en el agua, mar o río, lago, arroyo, o diluvio apocalíptico. Agua que no ahoga, pero aire que asfixia.  
No voy a llegar a ninguna parte. No hay luz, no hay horizonte. Una plaga de gemidos viene del norte, un aleteo de alas, del sur. En mi boca llevo el sabor del desprecio, en mis espaldas, sacos de intrascendencia.
Voy por la oscuridad, hacia la oscuridad, Vengo de la oscuridad.

Imagen: K. Malevich - Black Square on a White Ground 

martes, 21 de septiembre de 2010

Obsesión


No quiero dejar de volar, aunque me aterran los vaivenes. No quiero dejar de mirarte desde esta altura que me otorga una ventaja nada despreciable: puedo verte desde toda perspectiva, percibir cada defecto, o cada mínimo detalle de belleza.
Puedo sentir, además, otra dimensión de mi, oscura, aunque desde abajo, vos te empeñes en humillarme, en refregarme limitaciones, en decir, que la superioridad no pasa por volar, sino en arrastrarse con delicadeza y perspicacia. Puedo todo y puedo nada.
Advierto que me encanta volar, estar así, suspendido en el aire, flojo como un pájaro que se deja llevar por el viento, como un náufrago resignado, y aun a sabiendas de que no puedo disfrutar de mis vuelos rasantes junto al mar, de mis deslizamientos suaves por sobre los valles iluminados de color, y verde, de mis vertiginosos descensos a los lugares donde ningún hombre llega. Aun a sabiendas, digo, de que vuelo sólo para verte, para verte y nunca tenerte.
Para eso vuelo y no para otra cosa. El amor te vuelve un pájaro obstinado.

Imagen: René Magritte - El castillo en los pirineos

sábado, 21 de agosto de 2010

En lo profundo


Me arrojé a las marrones aguas del río, desde lo más alto del puente. No sé cómo pude hacerlo ni reconozco ese puente. De noche, las aguas son negras y mucho más profundas. De noche me arrojé. Pero sumido en lo hondo, el agua era como un cristal infinito, blando y fresco.
No necesito hacer ningún esfuerzo para respirar, me siento cómodo en estas aguas. Sé que muchas veces pergeño el suicidio pero sé también que, atreverse es algo diferente. Soy consciente del temor que me produce la muerte.
De manera que no me reconozco, yo tampoco.    
Puedo andar libremente en este río. Las aguas son más claras que un mar de lágrimas. Hay una aglomeración de almas en lo profundo. Es como estar nadando en un cielo lleno de estrellas.
No puedo saber desde cuanto estoy sin respirar, sin comer, sin llorar. Por mi cabeza pasan miles de cosas. Pasás vos y todas las mujeres que amé, pero no puedo retener los rostros. Ni bien puedo retener algún rasgo se me borra otro. Nunca tengo algo completo. Es como tener el olor, sé de quien se trata pero no puedo verlo.
Pienso en las calles de mi ciudad pero son tan diferentes que me parecen que una ciudad así, no podría existir. Pienso en la oficina pero parece otra oficina. No sé por qué se me ocurre que es la oficina del enterrador.
Hay canciones en la atmósfera de agua, pero ninguna melodía me es familiar. Es decir, las reconozco a todas, pero no recuerdo sus nombres.
Pienso en mis años. Ni siquiera puedo recordar mi cara, aunque sé, que alguna vez fui niño, alguna vez adolescente y que hoy, debo ser un hombre serio y asentado, que sin embargo, se arrojó desde el puente a las marrones aguas del río, que de noche parecen negras pero fácticamente, son cristalinas, blandas y frescas.
Lo único que recordé, difusamente, fueron unos versos desordenados de Bukowski. Entendí a Bukowski sobre la imposibilidad de los hombres de imaginarse muertos. Entendí a Bukowski, que entendió a Saroyan, que entendió a Fausto, que entendió a Prometeo. Entendí, creo, a todos los hombres que alguna vez inventaron un dios.

viernes, 23 de julio de 2010

Distancias (II)


Cuando cayó la noche el río se hizo eterno.
La tierra que piso es una islita, y en la dirección que quiera moverme, me hundo en charcos playos. Después, los charcos se vuelven profundos. Así que no tengo más alternativa que regresar a mi islita, que no sé por qué cuestión, permanece imperturbable ante la voluptuosidad del agua.
Hay un olor de río, de pescado podrido, de barro. Un zumbido del viento que viene de todas partes. Tengo una voz inmemorial que me repite, que del otro lado del río, estás vos. Vos, o sea lo que quiero.
No recuerdo muy bien este lugar ni este tiempo. Aunque la islita es donde yo debo estar, confinado y silencioso. Resignado. Atravesar el río tiene sus riesgos. El río es profundo y está lleno de monstruos.
Dicen que salir de la isla es para pocos. Dicen que vos estás en otra isla. Dicen, los susurros del río, que millones de islas andan por ahí. Y hombrecitos muy quietos, hablan quedito con su sombras.
Adoro esta isla que me tocó en suerte, pero quisiera que fuese más grande. Para que sea más grande tengo que conseguir que la distancia, que me une a vos, desaparezca. Llegar hasta tu isla.
Pero cuando cayó la noche, el río se hizo eterno...

lunes, 19 de julio de 2010

Distancias (I)



Sueño, recurrentemente, con una distancia. Lo cual es "extraño", y sin embargo, lo que nos une. Es extraño, porque es imposible ilustrar las distancias. Doblemente extraño, considerando, que es lo único que tenemos en "común".
Sueño con un camino lleno de monstruos y tormentas. Un desierto que abunda en trampas naturales y precipicios artificiales. Las noches, peladas de frío. Todo eso es la distancia.
Pero se insiste en que nadie puede dimensionar la distancia, darle una forma, explicarla, sino acercándose al "objeto" del deseo. En esos sueños de distancias, jamás se tiene el "objeto". Si uno mira bien, todos los sueños del mundo han de ser sobre distancias.
Recuerdo, por ejemplo, los sueños infantiles de cumpleaños. Recuerdo el exacto momento en que iba a darle el mordisco al sandwich de miga, y el sueño se interrumpía abruptamente. Así que me despertaba con el sabor amargo de la distancia entre mi boca, mi sentido del gusto y el sandwich onírico.
Sueño con pájaros que me acercan y vientos que me alejan. Arenas metiéndose en los ojos. Una oscuridad definitiva, y sin embargo, la luz.
Sueño con tu pueblo, perdido, con tu aroma, con tu río. Se presume un río. Sueño que he de estar muy cerca, y la distancia, ya no es tal.
Sueño, de repente, que estoy frente a vos. Que no puedo articular palabra en el escenario de mi sueño. Una nueva distancia, quizá, más profunda.
Sueño que me mirás como a un bicho raro. Que tu amor no es tan difícil, pero se resiste. Tal vez, sólo sea un asunto de caprichos.
Sueño con un campo infinito de narcisos, amarillo y espumoso. Sueño con tu sonrisa y tu lágrima, que, inevitablemente, se desdibujan.
Sueño que me sigue faltando la palabra...