Me arrojé a las marrones aguas del río, desde lo más alto del puente. No sé cómo pude hacerlo ni reconozco ese puente. De noche, las aguas son negras y mucho más profundas. De noche me arrojé. Pero sumido en lo hondo, el agua era como un cristal infinito, blando y fresco.
No necesito hacer ningún esfuerzo para respirar, me siento cómodo en estas aguas. Sé que muchas veces pergeño el suicidio pero sé también que, atreverse es algo diferente. Soy consciente del temor que me produce la muerte.
De manera que no me reconozco, yo tampoco.
Puedo andar libremente en este río. Las aguas son más claras que un mar de lágrimas. Hay una aglomeración de almas en lo profundo. Es como estar nadando en un cielo lleno de estrellas.
No puedo saber desde cuanto estoy sin respirar, sin comer, sin llorar. Por mi cabeza pasan miles de cosas. Pasás vos y todas las mujeres que amé, pero no puedo retener los rostros. Ni bien puedo retener algún rasgo se me borra otro. Nunca tengo algo completo. Es como tener el olor, sé de quien se trata pero no puedo verlo.
Pienso en las calles de mi ciudad pero son tan diferentes que me parecen que una ciudad así, no podría existir. Pienso en la oficina pero parece otra oficina. No sé por qué se me ocurre que es la oficina del enterrador.
Hay canciones en la atmósfera de agua, pero ninguna melodía me es familiar. Es decir, las reconozco a todas, pero no recuerdo sus nombres.
Pienso en mis años. Ni siquiera puedo recordar mi cara, aunque sé, que alguna vez fui niño, alguna vez adolescente y que hoy, debo ser un hombre serio y asentado, que sin embargo, se arrojó desde el puente a las marrones aguas del río, que de noche parecen negras pero fácticamente, son cristalinas, blandas y frescas.
Lo único que recordé, difusamente, fueron unos versos desordenados de Bukowski. Entendí a Bukowski sobre la imposibilidad de los hombres de imaginarse muertos. Entendí a Bukowski, que entendió a Saroyan, que entendió a Fausto, que entendió a Prometeo. Entendí, creo, a todos los hombres que alguna vez inventaron un dios.